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    EL PRINCIPIO DE (2DA PARTE)

     

    Lorelei despertó ya muy tarde, para ser exactos al mediodía. Se levantó de la cama con pereza, todavía adormilada logró abrir las persianas de la ventana. Estiró brazos, piernas, limpió sus ojos y se dirigió al baño para ducharse. El agua que caía de la regadera mojaba todo su cuerpo, ella recordaba la noche tan intensa que había pasado con Otho, en verdad amaba a ese hombre, siempre lo había deseado. Ahora era suyo para siempre.

     

    Cuando terminó de bañarse; escogió del guardarropa el atuendo más favorecedor que tenía. Se esmeró tanto en su arreglo personal. No podía creer su repentina mejoría; lucía hermosa, notablemente recuperada y radiante.

     

    Bajo a buscar el desayuno pero pronto notó la ausencia de Marion. Seguro fue al súper –se dijo.- Probó algo ligero y fue directo a el estudio. Ahí pasaba muchas horas leyendo, escribiendo, creando, siempre acompañada de música como ella decía “inspiradora”. A decir verdad, su gusto por lo gótico, lo obscuro, no era muy del agrado de Otho, sin embargo, la dejaba sola para darle espacio a su imaginación.

    Lorelei, escogió uno de los tantos discos del mueble al lado de su escritorio, ese mueble de madera rústico situado detrás de una enorme ventana con unas cortinas vaporosas que permitían el paso de la luz. Introdujo el disco en el reproductor, tomo el control de éste y se sentó en la mecedora que ella y Otho habían comprado en un viaja que hicieron a un pueblecillo cercano a la ciudad.

     

    Así, sin más preámbulo, encendió el aparato, inmediatamente cerró los ojos; de pronto, las notas de una canción suave se dejaron escuchar. La voz angelical de Emma Shaplin, transportaba a Lorelei a mundos no creados, existentes, sólo en su mente. La letra era tan triste, hablaba de un amor perdido, un desencanto tal que lo compara con una estrella desaparecida en el universo. Así paso el tiempo sin darse cuenta; la tarde la sorprendió nuevamente. Subió a su recamará para retocarse un poco antes de que Otho llegará.

     

    En tanto Marion estaba hace ya un buen rato en la cocina apurada terminando todo para darle una sorpresa a Otho. Sonó el timbre de la casa y fue inmediatamente a abrir; su invitada había llegado.

     

    En la entrada, una chica de unos 28 años aproximadamente, guapa y con una mirada algo triste, aguardaba a que le abrieran. Jokébed, la mejor amiga de Otho y Lorelei. En cuanto abrió Marion, la chica saludo efusivamente, con confianza.

    -Hola Marion, ¿cómo estás? Me da gusto verte. Gracias por invitarme. ¿Ya llegó Otho?

    -No señorita, el joven todavía no llega. Pero pase y siéntese, le ofrezco un té mientras lo espera. Necesito hablar con usted. Estoy muy preocupada por el joven. Pero pase por favor.

    -Gracias Marion.- dijo Jokébed cerrando tras de sí la puerta-.

     

    Jokébed se introdujo hasta la sala de la casa que para ella era familiar. Ahí paso gratos momentos al lado de sus inseparables amigos. Marion le llevó una taza con té de limón.

    -         ¿Y de qué quieres hablar Marion?

    -         Pues de lo raro que ha estado actuando las cosas extrañas que dice.

    -         A decir verdad, también lo he notado –contestó Jokébed – De eso mismo necesito hablarle.

    -         Últimamente conversa sobre Lorelei como si… no sé como explicarle.

     

    Lorelei escuchó las voces y decidió bajar para averiguar de quién se trataba.  Aunque no alcanzó a llegar a los escalones porque desde el barandal distinguió la silueta de su amiga “Joshi”, así la llamaban de cariño. También notó que Marion sólo dispuso dos lugares en el comedor ¿Acaso no pensaba en Joshi? Iba a continuar pero de pronto. Una parte de la conversación le indicó que debía ocultarse.

    -Otho en verdad me tiene preocupada – indicó Jokébed- Tú sabes mejor que nadie cuánto lo quiero.

    - Sí lo sé señorita. Por eso me atrevo a consultar esto con usted.

    -Quisiera ver a Otho feliz nuevamente. Yo estoy enamorada de él. Me apena decirlo pero es la verdad.

    Lorelei no daba crédito, esto debía ser una broma, de muy mal gusto, por cierto-.

    -Hace tiempo pude darme cuenta. Yo sé que usted puede sacarlo de esta soledad.  Añadió  Marion -

     

    Lorelei enfurecida regresó a la recámara. Esto no podía ser cierto – se repetía – Joshi es su mejor amiga, al menos eso pensaba, nadie mejor que ella sabía del amor que Otho y ella tienen. ¿Pero desde cuándo estaría enamorada?

    -Maldita –gritó colérica Lorelei – Zorra, pero esto no se lo voy a perdonar nunca –prosiguió-

    En la sala, Marion y Jokébed seguían la plática. El ambiente era tenso  El aire frío que de unos meses a la fecha se dejaba sentir en la casa sorprendía a propios y extraños.

    -Yo sé que el joven la extraña pero, a veces actúa como si ella aún siguiera con nosotros- decía Marion-. Aunque debo confesarle, ella sigue aquí, en esta casa, puedo sentir su presencia, su aroma, no va a creerlo pero hace un rato se oía la música favorita saliendo de la biblioteca, preferí no asomarme.

    - Te entiendo, también la he extrañado. Me hace falta.

    La conversación se vio interrumpida por la llegada de Otho. Se dirigió a las dos mujeres, saludándolas afectuosamente.

    -         -Y bien ¿qué celebramos? ¡Mmmmh huele delicioso! ¡Y qué bonita mesa! Pero, ¿no te quedarás a comer con nosotros Joshi? ¿Por qué hay dos lugares nada más? Marion, pon el servicio que falta porque Joshi se queda  ¿verdad?

    -         -Claro, si Marion me invitó a comer, pero….Otho ¿ahí no falta ningún lugar? –Explicó Jokébed, un poco desconcertada-.

    -         -Ya sé lo que piensas, pero te aseguro que hoy si nos acompaña, dame unos minutos voy por -Lorelei, en un momento estamos aquí. –Y sin permitir contestación alguna desapareció entre las escaleras.-

    -          

    Ambas mujeres se miraron sin poder articular palabra. Sus rostros denotaban desasosiego.

     

    Cuando Otho abrió la puerta de la recámara se encontró a una Lorelei enfurecida. Apenas lo vio y no perdió tiempo para contarle lo sucedido.

    -Otho, tienes que correr a esa mujer.

    -Pero porqué, explícame. –Lorelei soltó en llanto y cómo pudo intento balbucear. Otho la -abrazó y beso para tranquilizarla.

    -Jokébed, está enamorada de ti. Yo misma la escuche confesándoselo a Marion.

    -No, seguro oíste mal. Eso no puede ser. Tú la conoces mejor, ella sería incapaz de traicionarte.

    -No me equivoco, te digo que las oí. Marion aprueba ese cariño, es más, se ofreció a ayudarla.

    - Te aseguro que es un error. Pero si te hace bien, vamos a bajar para aclararlo todo ahora que estamos todos presentes.

    - No yo no bajo –gritó Lorelei.- No podría verla, sería capaz de abofetearla o algo peor. Baja tú y despídela por favor.

    - Anda, no actúes como una niña hay que platicarlo y arreglarlo ahora mismo.

    - Ya te dije que no voy a bajar. Además Marion está a su favor. Les preparó una linda comida. Me ha estado ignorando. Seguramente lo negaran todo, te dirán que he enloquecido o bien que es a causa de la enfermedad.

    - Está bien, no te voy a obligar a bajar. De inmediato arreglo este mal entendido, Jokébed y Marion tendrán que disculparse por el mal rato que nos han hecho pasar.

     

    Otho bajo furioso las escaleras. Las dos mujeres lo esperaban para comenzar a servir. Sin embargo, sólo recibieron una mirada fulminante, gritos y reproches.

    -No puedo creerlo, ¿Por qué le están haciendo esto a Lorelei?

    - ¿Qué pretendes Jokébed? Sabes cuan enferma está. Un disgusto así la podría mandar nuevamente al hospital.

    - Y tú Marion, ignorarla así cuando te pedí, la dejaras hacer las actividades diarias tan normal como fuera posible. Les exijo se disculpen con ella.

           - Pero Otho – refunfuño Jokébed – es que no podemos hacer eso….

    - Entonces me veré en la necesidad de pedirles a ambas se retiren de nuestra casa. Aquí ya no soy bienvenidas.

    - Joven Otho,  - chilló Marion –esta usted mal, con gusto ofrezco una disculpa pero…

    - Bueno, entonces le hablaré a Lore para que cenemos en paz y tan amigos como siempre. Pon otro servicio.

    - Pero no lo entiendes Otho –gritó con voz entrecortada Jokébed – no podemos disculparnos con Lorelei porque ella ya no está con nosotros. Pensé ya lo habías aceptado. Es doloroso pero, así es Otho. Lorelei hace un año murió entiéndelo. Por favor no nos hagas esto. Estamos preocupadas por ti y también la extrañamos no sabes cuánto, fue mi mejor amiga, mi hermana.

    - Otho con ojos azorados, las miraba con odio, no podía creer lo que había escuchado.

    - Ustedes están mintiendo –gritaba y lloraba al mismo tiempo – Lore está allá arriba y escucho justo cuando tú Joshi le confesabas a Marion tu amor por mí. Eso no es de hermanas, qué les pasa, acaso se volvieron locas o es que acaso nos quieren volver locos a nosotros. De nada les va a servir, yo amo a esa mujer más que a mi vida, lo oyen, lárguense de aquí, déjenos solos.

     

    Pero sin lugar a dudas la más sorprendida sin lugar a dudas fue la misma Lorelei, que hacía rato escuchaba la discusión. Debían estar locas tal como lo dijo Otho, ella no estaba muerta, ella no.

    Corrió desesperadamente a la habitación, se arrojó al suelo llorando, gimiendo de dolor, el cuerpo lo sintió pesado, un escalofrío la recorrió por completo, se miró al espejo y sólo vio un ser demacrado, triste, sin vida. Aún así seguía diciéndose así misma:

    -         ¡Nooooooooooo¡ Yo no estoy muerta. Aquí estoy, escúchenme. No estoy muerta.

    -         Por favor que alguien venga, me siento mal, por favor que alguien me escuche.

     

    Mientras en la planta baja, Jokébed y Marion se miraban sorprendidas, no sabían explicarse todo lo que estaba sucediendo. ¿Cómo podía Otho saber de su conversación? Algo r aro estaba ocurriendo, el miedo las invadió más que la tristeza y la desesperación. ¿Y si Lorelei en verdad estaba ahí con ellos? Esto produjo un fuerte estremecimiento en Jokébed.

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