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A " G " POR TODO SU AMOR Y PACIENCIA
(PRIMERA PARTE)
Después de tanto esperar por fin cayó la noche manteniendo el equilibrio perfecto en el horizonte. Así, se esparcía como una enorme capa sobre la ciudad, amenazando con dejar caer su manto estrellado.
Las luces artificiales iban haciendo su aparición en franca competencia con el natural resplandor de la Luna llena de octubre. Las risas de algunos condenados se escuchaban mientras los pasos en el cemento polvoso de las calles disminuía.
En tanto, en la habitación amplia de cortinas blancas como la nieve, sobre una suave cama, reposaba impaciente Lorelei. Sumergida en sus pensamientos se preguntaba él porqué de la tardanza de Otho. Había ataviado el comedor con velas y los platillos favoritos de su amante pareja; pero ya se había retrasado una hora. La señora que ayudaba a Lorelei con las labores de la casa seguía con el trajín diario. Su nombre era Marion. La necesidad de conseguir alguien que les auxiliara en los quehaceres domésticos se debía a la enfermedad de Lorelei; la cual había burlado desde hacía tiempo a la ciencia especializada y los modernísimos aparatos que los doctores utilizaban en cada revisión. Una incurable apatía, un cansancio que gota a gota la iba debilitando física y emocionalmente. Aunque algunos días se levantaba con ánimo, tanto como para arreglarse lo mejor posible para Otho.
A decir verdad, ese día había tenido una sensación extraña, como de alivio total, no se había sentido tan bien desde hacía tiempo. A tal grado que deseaba sorprender al hombre del cual se vivía enamorada profundamente desde hace ya 4 años. Se conocieron – todavía lo recordaba como si hubiese pasado ayer. Por la afición que ambos tienen por el deporte. Otho era 6 años más joven que ella, pero, esto no impidió el sorprendente amor profesado por ella a grado tal de la adoración. Otho se convirtió en su vida desde el momento de decirle por vez primera “Te amo”. Así lo entendió él y hasta el día de hoy se dan un hermoso cariño. Aún con la enfermedad de Lorelei, el amor de Otho no disminuyó, por el contrario la cuidaba en demasía, con natural devoción.
Estaba tan ensimismada y absorta en sus recuerdos cuando la sobresalto el ruido de un plato roto en la cocina. Seguramente Marion con el apuro por terminar su jornada había tenido un insignificante descuido. Había pasado media hora más. ¿Pero dónde estaría Otho? Lorelei decidió bajar para revisar la cena por octava ocasión. Deseaba dejar todo impecable; no importaba la hora ella lo esperaría para sorprenderlo.
Y cuál fue su sorpresa. Pero no lo podía creer. La mesa estaba ya recogida, los platos en su lugar, las velas y copas habían sido retiradas. ¿Acaso Marion se había vuelto loca? Que atrevimiento –pensó Lorelei-. Sí, la estimaba y pertenecía ya a la familia, pero, porque no avisarle o preguntarle. Nunca había hecho algo así. Se dirigió directo a la cocina cuando en el trayecto Marion salía de ahí, pero, pero pareció no advertir su presencia, iba de un lado a otro apurando su andar, estaba cansada, sólo deseaba dormir. Apenas iba Lorelei a abrir la boca cuando, Marion se dio la media vuelta y salió de aquella habitación sin hacerle el menor caso. Esto era increíble, Marion apagaba las luces sin cruzar palabra con ella, prácticamente la ignoró. Y así, sin más, se retiró a descansar. Lorelei subió enfurecida; podía soportar muchas cosas menos la falta de cortesía y respeto de las personas. Obviamente esto lo debía saber Otho, tal vez él podría llamarle la atención sin que Marion se sintiera ofendida.
Se instaló nuevamente en la cama apoyándose en las almohadas, se sentó entre aquellas como si fuesen pequeñas nubecitas – al menos eso le gustaba imaginar puesto que pasaba muchas horas entre éstas-. No paso mucho tiempo antes de escuchar unas llaves introduciéndose en la cerradura haciendo rechinar el picaporte. El día había terminado hace una hora ya. Otho subió lenta y pausadamente las escaleras, agobiado por el ajetreo de su trabajo pero ansioso por estrechar entre sus brazos a aquella mujer.
Y así fue, apenas llegó a la recámara y abrió la puerta Lorelei saltó a sus brazos colmándolo de besos tiernos y delicados para rematar con un besos apasionado y largo. Después de ese extasiante momento vino la pregunta obligada ¿Cómo te sentiste hoy? ¿Cómo te fue? Lorelei con una gran sonrisa dibujada en esos pequeños, delineados labios con un tono carmesí contestó. - Muy bien. Yo diría, excelente. -Me alegra tanto amor –dijo Otho- -¿Y a ti? Dime qué tal te fue -Pesado, ya sabes, siempre sale algún pendiente, pero nada que no pueda resolverse -Me alegró tanto que llegarás. Tengo varias novedades que contarte, pero algo no muy agradable me pasó hace un momento. -¿Qué paso? ¿Por qué estás disgustada? -No estoy disgustada, sólo un poco sorprendida por la actitud de Marion conmigo. Estaba esperándote para cenar pero tardaste tanto. - Si lo sé, discúlpame -Bueno, pues por alguna extraña razón Marion recogió la mesa sin preguntarme si debía hacerlo o no. Luego cuando fui a la cocina para hablar con ella, paso junto de mí como si yo no existiera, apagó las luces ya sabes dejando prendida las de la escalera y se fue a dormir. ¿Puedes creerlo? -No puedo, pero tal vez estaba tan cansada que no lo hizo con intención, a su edad todo es posible. No te pongas así, pero para tranquilizarte, mañana antes de ir al trabajo hablaré con ella. ¿Te parece? Otho tomó la mano de Lorelei y la besó dulcemente, tranquilizándola. Lorelei reposo su cabeza en el pecho amplio de aquel hombre que la embriagaba con ese aroma dulce, como de canela recién molida. Otho alzó la cara levemente de ella para besarla. La deseaba tanto, la sujetó con sutileza por el talle paseando sus dedos por la espalda, su piel suave lo excitaba tanto. Sus manos acariciaron sus turgentes nalgas. Lorelei lo besó en el cuello; hecho que sabía a él le agradaba. Esa noche Otho descubrió en Lorelei un extraño brillo en sus ojos. Efectivamente, ella lo besó en los labios espontánea, duradera y apasionadamente, dejando perplejo a su hombre. Más aún cuando éste sintió la mano de Lorelei sobar su pantalón. Así Otho quitó las ropas de ella ya bastante excitado. La recostó sobre la cama, ella tomó hábilmente las manos de Otho sobre lo que sin duda, le gustaba más de ella. Con el cabello revuelto y la cara enrojecida pudo sentir con gran emoción el pecho desnudo de su hombre en contacto con su piel. Lorelei se dejó llevar aprisionada por la respiración agitada de Otho.
Aquella noche fue muy salvaje y diferente. Siguieron su íntima tradición, hubo besos, caricias y abrazos muy pero muy apasionados. Se hicieron el amor por mucho tiempo, como si hubiese sólo un día para hacerlo, como si no hubiera un mañana. Al terminar, sudorosos, cansados, pero felices, Otho la abrazó, sintió el abandono de cuerpo y alma de Lorelei, que, en cierta forma le hacía sentir a Otho que Lorelei era de y para él por siempre.
Al día siguiente Otho volvía a la rutina de cada mañana, el baño, acicalarse para, después bajar a desayunar. Lorelei descansaba; dormía como un recién nacido. Ella hacía algunos meses ya no desayunaba con Otho porque se sentía tan fatigada que él prefería dejarla dormir algunas horas más. Así Otho dejó sumergida en sueños a la encantadora mujer, no sin antes, darle un beso en la frente y los labios. Para cuando llegó al comedor, Marion ya lo esperaba con un vasto y delicioso desayuno. Como siempre, la madura mujer lo atendió con servil afecto. - Joven Otho, ¿cómo durmió? Me hubiera despertado para prepararle algo. - Sí, ayer fue un día pesado, dormí espléndido. Además estaba tan cansado que lo único que deseaba era dormir al lado de Lorelei. La mujer al escuchar esto abrió los ojos tan grandes que parecía iban a salir de sus órbitas. No comprendía las palabras de Otho.
-A propósito-dijo Otho- Lorelei me comentó que había preparado una rica cena para mí pero tú sin avisarle, recogiste todo. ¿por qué lo hiciste? Se molestó un poco pero sobre todo, está extrañadísima. Marion aún más asombrada no daba crédito a las palabras de Otho. -Pero joven, si le digo, lo estuve esperando, pero era tarde ya. -Bueno eso ya no importa. Sólo te pido por favor no hagas a un lado a Lorelei, él hecho de estar enferma no la convierte en una inútil. La actividad le hace bien, déjala hacer su vida lo más normal posible. Ahora debo irme, ella duerme, le llevas el desayuno por favor. Dile que la amo, nos vemos en la tarde, vengo para la comida. Y sin darle tiempo a la mujer de nada, Otho salió de la casa.
Marion se sentía anonadada, en verdad, no comprendía. ¿Estaba hablando en serio Otho? Tal vez, sólo había tenido un sueño. Sí seguro eso era. Para compensar el pequeño incidente. Marion decidió hacer una comida muy especial a Otho; le prepararía una rica pasta, un lomo mechado y ensalada a la vinagreta, con eso seguro olvidará el enojo. Comments (1)
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